Verde, fresquísima y con siglos de historia detrás: el agua de chaya es la bebida que en Quintana Roo acompaña el calor de todos los días. Se prepara con las hojas de un arbusto que los mayas domesticaron hace más de mil años, licuadas con piña y lima. Te contamos cómo hacerla bien (y por qué hay un paso de seguridad que no puedes saltarte).

La chaya (Cnidoscolus aconitifolius) no es una planta silvestre cualquiera: es un cultivo domesticado por los antiguos mayas, tan ligado a su dieta que la palabra proviene del maya yucateco 'chay'. A diferencia de otras verduras, la chaya casi no existe en estado salvaje; sobrevive porque durante siglos las familias la han plantado a la puerta de casa, en el solar maya, esa huerta-jardín trasera donde también crecen naranjos, achiote y hierbas. En Quintana Roo la ves brotar en cualquier patio de Chetumal, Bacalar o Felipe Carrillo Puerto: un arbusto resistente que da hoja todo el año pese al calor y la sequía.
Que el agua de chaya sea especialmente de Quintana Roo tiene que ver con la Zona Maya del estado. Municipios como Felipe Carrillo Puerto —corazón de la resistencia maya durante la Guerra de Castas— conservan una cultura alimentaria donde la chaya es proteína y verdura de andar por casa: se come en tamales (dzotobichay), en huevos, en caldo, y se bebe en agua fresca para refrescar sin gastar dinero. En una tierra sin ríos superficiales y con un calor húmedo constante, un agua verde, nutritiva y baratísima resolvía la sed de generaciones enteras.
La frontera con Belice refuerza la costumbre: en Chetumal, capital del estado, la chaya se toma a ambos lados de la línea, y del lado beliceño incluso se embotella como refresco comercial. Hoy el agua de chaya ha saltado del solar a las loncherías y los mercados de Playa del Carmen o Tulum como bebida 'detox' de moda, pero su raíz sigue siendo la misma: la cocina cotidiana maya de la península.
Como agua fresca de mesa, el agua de chaya casa de maravilla con la comida yucateca fuerte —cochinita pibil, panuchos, sopa de lima— porque su frescor verde limpia el paladar del achiote y el picante. Si la mesa es de adultos y buscas algo con chispa, deja el agua de chaya para los peques y prepara a la vez una Paloma bien fría con nuestro Chesquitos (refresco de toronja blanca, pálido y menos amargo que la rosa): dos bebidas cítricas y refrescantes que comparten espíritu peninsular.
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