Cocina mexiquense · Temporada de lluvias

Caldo de hongos silvestres del Estado de México: receta auténtica paso a paso

Un caldo limpio y aromático que sabe a bosque mojado y a epazote. En el Estado de México los hongos silvestres no son un lujo de restaurante: son lo que baja de la sierra cada temporada de lluvias, y el caldo es la forma más honesta de comerlos, sin nada que tape su sabor a tierra y anís.

Prep
20 min
Cocción
30 min
Total
50 min
Raciones
4 personas
Dificultad
Fácil
Caldo de hongos silvestres — Estado de México

Origen: Caldo de hongos silvestres

El Estado de México es una de las regiones más micófilas del país: aquí la gente come hongos silvestres desde antes de la Conquista. Los bosques de pino y encino del Nevado de Toluca (el Xinantécatl) y de la Sierra Nevada, en las faldas del Popocatépetl y el Iztaccíhuatl, producen decenas de especies comestibles cuando llegan las lluvias de junio a septiembre. Los pueblos matlatzinca, mazahua, otomí y nahua guardan un conocimiento fino —heredado de abuela a nieta— para distinguir el clavito, la señorita, el duraznillo, la pata de pájaro, el hongo azul o el pancita del que enferma o mata. Ese saber, no un libro, es lo que hace posible el caldo.

Durante la temporada, los tianguis de hongos de Ozumba, Amecameca, Xalatlaco y San Juan de las Huertas se llenan de hongueros que bajan del monte con canastas rebosantes al amanecer. Es un mercado que solo existe unas semanas al año: los recolectores marcan sus zonas, conocen las lluvias y madrugan porque el hongo se pasa rápido. Comprar ahí es comprar un calendario vivo del bosque mexiquense.

El caldo nació como comida de recolector: agua, un sofrito, chile, epazote y lo que dio el monte ese día. Su gracia es la sencillez —un caldo claro deja que el sabor terroso y anisado de cada especie se note— y por eso sigue siendo el plato de olla que reúne a la familia en las tardes frías y húmedas de la sierra.

Ingredientes · 4 personas

Preparación paso a paso

Limpiar los hongos en seco
Nunca remojes los hongos en agua: son esponjas, se empapan y pierden textura y sabor. Límpialos con un trapo húmedo o un cepillo suave, raspa la base terrosa del tallo y córtalos en trozos grandes (encogen bastante al cocer). Reserva los más delicados aparte.
Hacer el sofrito
Calienta la manteca en una olla y acitrona la cebolla a fuego medio hasta que esté translúcida, unos 4-5 minutos. Añade el ajo y el chile serrano y sofríe un minuto más, solo hasta que suelten aroma sin dorarse (el ajo quemado amarga todo el caldo).
Sudar los hongos
Sube el fuego y echa los hongos SIN sal. Al principio soltarán su agua; deja que ese jugo oscuro se evapore casi por completo y que los hongos empiecen a dorarse. Este paso concentra el sabor: si sazonas o añades líquido demasiado pronto, quedan aguados y correosos. Si usas jitomate, agrégalo aquí y cocínalo 3-4 minutos.
Formar el caldo
Vierte el agua o caldo caliente, ajusta de sal y pimienta y baja a fuego suave. Deja que apenas borbotee (un hervor fuerte endurece los hongos) durante 15-20 minutos, hasta que el caldo tome color y cuerpo.
Rematar con epazote
Agrega el epazote y, si reservaste hongos delicados, échalos ahora. Cocina solo 3-5 minutos más: el epazote pierde su aroma anisado si hierve mucho, y los hongos tiernos quedan al dente. Prueba y rectifica la sal al final.
Servir
Sirve muy caliente en cazuela de barro con limón, chile de árbol frito y tortillas recién hechas. Cada quien exprime el limón a su gusto: la acidez despierta el sabor terroso del bosque.
Truco pro
El jugo oscuro que sueltan los hongos al sudarse es el alma del caldo, no lo tires. Déjalo reducir en la olla en lugar de escurrirlo: ahí está el sabor concentrado a monte. Y un truco de honguero: reserva un puñado de los hongos más frágiles y agrégalos crudos en los últimos 3 minutos, así consigues dos texturas —los cocidos que dan cuerpo y los recién puestos que quedan firmes.

Con qué bebida servirlo

Es un caldo de tarde fría y húmeda, así que pide algo fresco y con acidez que corte lo terroso. Una michelada bien fría preparada con Zumato (tomate y limón) rima con el epazote y el chile del caldo; si prefieres algo más ligero y cítrico, una Paloma con Chesquitos —de toronja blanca, pálida y menos amarga— limpia el paladar entre cucharadas.

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Preguntas frecuentes

¿Qué hongos se usan para el caldo de hongos?
En el Estado de México se usan silvestres de temporada como el clavito, la señorita, la pata de pájaro, el duraznillo, el hongo azul o la oreja. Si no consigues silvestres, una mezcla de setas, champiñón y portobello da un caldo muy rico; combinar varias especies siempre sabe mejor que una sola.
¿Se lavan los hongos con agua antes de cocinarlos?
No los sumerjas en agua. Los hongos absorben líquido como esponjas y quedan aguados y sin sabor. Límpialos con un trapo húmedo o un cepillo, y raspa solo la parte terrosa del tallo. Si están muy sucios, un enjuague rápido y séalos de inmediato.
¿Por qué mis hongos quedan babosos o aguados?
Casi siempre por dos errores: los remojaste en agua, o los salaste y les echaste líquido demasiado pronto. La clave es sudarlos primero a fuego alto sin sal para que suelten y evaporen su agua, y añadir el caldo solo cuando ya empiezan a dorarse. Tampoco los hiervas fuerte: un hervor suave los mantiene tiernos.
¿El caldo de hongos lleva jitomate o es claro?
Existen las dos versiones. La más tradicional de la sierra mexiquense es un caldo claro, casi transparente, para que se note el sabor puro del hongo. La versión con jitomate queda algo más roja y redonda. Ambas son auténticas; elige según lo que tengas y el sabor que busques.
¿Es seguro recolectar y comer hongos silvestres?
Solo si sabes identificarlos con seguridad: hay especies tóxicas muy parecidas a las comestibles. En el Estado de México los hongueros aprenden de generación en generación y venden en tianguis de confianza como los de Ozumba o Amecameca. Si no eres experto, compra a un recolector conocido o usa hongos de mercado; nunca improvises con lo que encuentres en el monte.

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