El charape es la bebida fermentada más antigua de Michoacán: piloncillo, pulque y especias que burbujean solos durante unos días hasta quedar entre dulce y ligeramente ácido, con un punto justo de alcohol. Es la bebida de las fiestas patronales de Morelia y de los tianguis de la Meseta Purépecha. Aquí te explicamos qué es realmente, en qué se diferencia del tepache y cómo prepararlo en casa aunque estés en España.

El charape nace del mestizaje líquido de Michoacán. Antes de la conquista, los pueblos de la meseta ya fermentaban el aguamiel del maguey para hacer pulque; con la llegada de la caña de azúcar española apareció el piloncillo, y con el comercio del Galeón de Manila llegaron la canela y el clavo. El charape es exactamente esa suma: pulque prehispánico como motor de fermentación, piloncillo colonial como azúcar y especias de ultramar. No es una receta 'inventada' por nadie, sino una bebida que se fue armando en las cocinas y los mesones de la región a lo largo de siglos.
Es una bebida profundamente moreliana y purépecha. Durante generaciones fue la bebida de arrieros y gañanes —barata, energética y con poco grado— que se vendía en jarros de barro a la salida de los mercados y en las ferias religiosas. Todavía hoy en Morelia, Pátzcuaro y los pueblos de la Meseta Purépecha aparece el charape en las fiestas patronales, en las noches frías de la sierra y alrededor del Día de Muertos, servido de un cazo grande con su espuma encima. Cada casa y cada puesto guarda su propia 'madre' o iniciador, lo que hace que no haya dos charapes idénticos.
Conviene no confundirlo con el tepache, con el que suele emparejarse. El tepache parte de la cáscara de piña como base y protagonista; el charape parte del piloncillo y del pulque, y la piña, cuando se usa, es solo un refuerzo. Esa presencia del pulque es lo que le da al charape michoacano su carácter propio: un fondo terroso, ligeramente láctico, que ninguna otra bebida fermentada mexicana reproduce igual.
El charape es en sí mismo la bebida, así que aquí el maridaje va al revés: pide antojitos michoacanos que aguanten su dulzor con acidez —corundas con crema, carnitas, una enchilada placera— y el contraste funciona de maravilla. Si en la mesa hay quien prefiera algo fresco y sin fermentar ni alcohol, un Chesquitos bien frío (refresco de toronja blanca, pálido y menos amargo que la toronja rosa) es la alternativa lógica: mismo país de sabores, cero grados y burbujas limpias.
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