El mole de caderas no es un mole espeso: es un caldo rojo, austero y hondo, hecho con el espinazo y las caderas del chivo curados en sal, guajes tostados y chile costeño. Se come solo unas semanas al año, durante la Matanza de Tehuacán, y por eso en Puebla se trata casi como una liturgia. Esta es la versión original, sin atajos.

El mole de caderas nace en Tehuacán y su comarca, en la Mixteca poblana, y está atado a un acontecimiento muy concreto: la Matanza. Cada año, entre finales de octubre y principios de noviembre, los chivos que han pastado libres durante meses por los cerros semidesérticos de la zona se sacrifican de forma ritual y ordenada. La tradición ganadera llegó con los rebaños trashumantes de la época colonial (siglo XVI), cuando arrieros y pastores movían enormes hatos de cabras por la Mixteca; con el tiempo Tehuacán se convirtió en el corazón de esa cultura del chivo y la Matanza pasó de faena a fiesta gastronómica.
Lo que hace único al plato es el aprovechamiento total del animal y el punto exacto de la carne. Al chivo se le da sal en las semanas previas: pasta libre comiendo hierbas silvestres del monte y luego se le sala, lo que sazona y perfuma la carne desde dentro. En la Matanza se separan las caderas y el espinazo —los huesos con tuétano y esa carne magra y fibrosa— que son la base del mole. No se desperdicia nada: piel, vísceras y sangre van a otros guisos de la temporada. Por eso el mole de caderas se hace con carne curada, no fresca, y ahí está buena parte de su carácter.
Culturalmente es un plato de prestigio y de fecha. Se considera uno de los guisos más caros de México porque depende de una temporada corta, de un animal criado de forma específica y de ingredientes muy locales como el guaje, la vaina cuyas semillas verdes le dan ese amargor resinoso inconfundible. En Tehuacán la temporada abre la Feria del Mole de Caderas: las familias y los restaurantes lo sirven en cazuela, humeante, con tortillas recién hechas, y compartirlo es casi un rito de pertenencia a la Mixteca.
Es un caldo potente y salino, así que pide una bebida con acidez y chispa que lo refresque entre cucharada y cucharada. Una michelada bien fría preparada con Zumato (tomate y limón) es un maridaje redondo: el tomate especiado dialoga con el chile costeño y el limón limpia el paladar del tuétano. Si prefieres algo sin tanto cuerpo, una Paloma con Chesquitos —refresco de toronja blanca, pálido y menos amargo— corta la grasa con frescura cítrica.
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