En Colima el plátano macho no es guarnición, es merienda. Se fríe hasta que las orillas caramelizan, se baña en cajeta tibia y se remata con un hilo de crema ácida fría. Dulce, cremoso y con ese contraste caliente-frío que lo vuelve adictivo.

Colima es tierra de plátano macho. Los valles húmedos de Tecomán y la franja costera del sur del estado concentran una de las mayores producciones de plátano de la vertiente del Pacífico mexicano, y con esa abundancia el fruto pasó de las bananeras a las cocinas de casa. Cuando el plátano madura demasiado para venderse en caja, no se tira: se fríe. De ahí nace este antojo, hijo directo de una economía agrícola donde el plátano pintón o muy maduro siempre sobra.
El maridaje con cajeta y crema tiene lógica ganadera además de golosa. La región colimense y sus estados vecinos criaron cabras y elaboraron dulces de leche desde la época colonial, y la cajeta encontró en el plátano frito un vehículo perfecto: la fruta caramelizada aporta cuerpo, la cajeta aporta el dulce quemado de leche de cabra y la crema corta el empalago. Es el mismo juego de la costa: dulce contra ácido, caliente contra frío.
En Colima se come a media tarde, como merienda que acompaña el café, o de cena ligera. En ferias y puestos de antojitos aparece junto a los plátanos rellenos y los buñuelos, pero la versión casera —plátano, cajeta, crema y a veces un puño de nuez— es la que todo colimense reconoce de la cocina de su abuela.
Va perfecto con un café de olla o un espresso corto, que su amargor limpia el dulce. Si lo llevas a merienda de sobremesa larga, un Chesquitos bien frío —refresco de toronja blanca, de amargor suave y burbuja fina— corta la untuosidad de la cajeta y la crema sin taparlas.
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