El pozole verde es el orgullo de Guerrero: un caldo espeso y aterciopelado de maíz cacahuazintle y cerdo, teñido de verde por una salsa de pepita, tomatillo y hierbas. Nada que ver con el rojo de Jalisco. Aquí va la receta como se hace en Chilpancingo, con el truco para que la pepita no se corte y el verde quede vivo.

El pozole es anterior a la Conquista. Su nombre viene del náhuatl 'pozolli' (espuma), por la forma en que revienta el grano de maíz cacahuazintle al cocerse. Fray Bernardino de Sahagún lo describe como plato ceremonial de los mexicas, ligado a los ritos de Xipe Tótec; tras la Conquista, el cerdo sustituyó a la carne ritual y el guiso se volvió cotidiano en buena parte del país.
Guerrero tomó ese caldo prehispánico y lo hizo suyo pintándolo de verde. En vez del chile seco del pozole rojo del occidente, la cocina guerrerense muele pepita de calabaza tostada con tomatillo, epazote, hoja santa, cilantro y chile verde. La pepita es la firma del estado: le da cuerpo, un fondo a fruto seco y ese color que ningún otro pozole tiene. Es un plato de tierra caliente y de sierra, de Chilpancingo, Tixtla y Chilapa.
Y tiene día: el jueves pozolero. En Guerrero el jueves las casas, las cantinas y las pozolerías huelen a pozole verde. Es reunión, es sobremesa larga, es el platillo que junta a la familia a media semana. Comer pozole verde en jueves no es una receta, es un calendario.
El pozole verde pide algo fresco y ácido que corte la untuosidad de la pepita. En Guerrero se bebe cerveza bien fría; para subir el punto, una michelada Zumato (bebida de tomate y limón, chile y sal) es maridaje de manual con el caldo. Si lo prefieres más ligero y cítrico, una Paloma con Chesquitos —refresco de toronja blanca, pálido y menos amargo— limpia el paladar entre cucharada y cucharada.
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