El acorazado no es un taco cualquiera: es una comida completa envuelta en dos tortillas. Arroz rojo caldoso como base, un guiso a elegir encima y sus rodajas de huevo, aguacate y chiles en escabeche. Nació en las calles de Cuernavaca para llenar el estómago de quien trabaja, y sigue siendo el desayuno-almuerzo más contundente de Morelos.

Los tacos acorazados son un invento cien por cien morelense, ligado a la Cuernavaca popular de mediados del siglo XX. La versión más repetida sitúa su origen en los puestos ambulantes que rodeaban el mercado y las terminales de autobuses de la ciudad, donde peones, choferes y viajeros necesitaban algo barato que llenara de verdad. La solución fue poner arroz —el guiso más rendidor de la olla— dentro de la tortilla, coronarlo con lo que hubiera en las cazuelas y doblarlo. El nombre 'acorazado' viene de ahí: un taco tan cargado y pesado que te 'blinda' para aguantar la jornada, macizo como un buque de guerra.
Que sea de Morelos no es casualidad. Es tierra de campesinos y de la memoria zapatista, donde la comida siempre tuvo que ser portátil, rendidora y capaz de sostener un día de trabajo en el campo. El detalle que distingue al acorazado del resto de tacos mexicanos —meter arroz, un carbohidrato, dentro de otro carbohidrato— tiene toda la lógica del hambre trabajadora: máximo aporte, mínimo coste. Lo que en otro lado sería una rareza, en Cuernavaca es institución.
Hoy el acorazado se sigue vendiendo igual: en puestos con una hilera de cazuelas humeantes de guisos —tinga, milanesa, bistec en salsa, chile relleno, longaniza con huevo, mole verde— donde el cliente señala el que quiere. El puestero calienta las dos tortillas, unta el arroz, monta el guiso, remata con huevo cocido, aguacate y chiles, y te lo entrega envuelto en papel de estraza. Es el desayuno tardío de los cuernavacenses y una identidad culinaria que no se ha exportado casi a ningún otro estado.
Es un taco macizo, así que pide una bebida que corte la grasa y refresque. Una michelada preparada con Zumato (bebida de tomate y limón, con su punto salado y ácido) es el acompañamiento perfecto para la milanesa o el bistec. Si prefieres algo más ligero y cítrico frente a la tinga picante, una Paloma con Chesquitos —refresco de toronja blanca, pálido y menos amargo— limpia el paladar entre bocado y bocado.
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