La capirotada tapatía es el postre de Semana Santa de Jalisco: pan bolillo dorado empapado en miel de piloncillo con canela, capas de pasas, cacahuate, plátano y un puñado de queso Cotija que corta el dulce. No es un budín; es un ensamblaje con símbolo, y cada capa cuenta algo.

En Jalisco la capirotada es, ante todo, comida de Cuaresma y Viernes Santo, cuando la Iglesia pedía abstenerse de carne. Es un plato de aprovechamiento nacido de la despensa cuaresmal: pan duro que no se tira, miel de piloncillo, fruta seca y queso añejo. Por eso combina lo dulce y lo salado sin pudor, algo que sorprende a quien la prueba por primera vez esperando un postre convencional.
Su fama devocional viene de que en la cocina popular tapatía cada ingrediente se lee como un símbolo de la Pasión: el pan es el cuerpo de Cristo, la miel oscura de piloncillo su sangre, el clavo los clavos de la cruz, la canela en rama la madera, y el queso el sudario o lienzo blanco. No todas las familias recitan el simbolismo, pero está en la memoria colectiva de Guadalajara y los Altos de Jalisco, donde se hace por costumbre heredada más que por receta escrita.
La versión tapatía se distingue de otras del país por apoyarse en el bolillo bien tostado (no en tortilla ni en pan dulce), por la miel perfumada con tejocote o guayaba cuando es temporada, y por rematar con queso Cotija añejo en lugar de un queso fresco suave. Ese Cotija salado y desmoronable es la firma jalisciense: es lo que evita que el plato empalague y lo convierte en algo adulto, casi de sobremesa con café.
De sobremesa se sirve con café de olla con canela y piloncillo, que prolonga el mismo perfume del plato. Si buscas un contraste que corte el dulce, un refresco de toronja blanca Chesquitos bien frío limpia el paladar entre bocado y bocado gracias a su amargor suave.
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