Jalapeños abiertos, rellenos de queso hasta reventar y envueltos en una nube de huevo batido que se dora en el aceite. Es el antojito que resume Veracruz en un bocado: el chile que le dio nombre a Xalapa, domado con queso fresco y capeado como manda la tradición. Aquí va la receta paso a paso, con el truco para que el capeado no se caiga y para bajarles el picor sin perder el sabor.

El jalapeño no es un chile cualquiera para Veracruz: es SU chile. El nombre viene de Xalapa (antiguamente Jalapa), la capital del estado, que durante siglos fue el mercado y punto de secado de estos chiles carnosos cultivados en las cuencas del Papaloapan y la zona de Xalapa-Coatepec. De ahí que en muchas partes de México al jalapeño todavía se le llame 'cuaresmeño', pero su apellido de origen es veracruzano. Rellenarlo de queso y capearlo nace de esa abundancia: cuando tienes el chile fresco en casa y un queso de rancho a mano, el antojo se resuelve solo.
El capeado —envolver algo en huevo batido a punto de nieve y freírlo— es una técnica que llegó con la cocina conventual novohispana y que en Veracruz encontró terreno fértil. La misma lógica del chile relleno grande (poblano) se miniaturizó en el jalapeño para hacer una botana de cantina, de fonda y de comida familiar. En los mercados de Xalapa y del puerto se venden por docenas, ya rellenos y capeados, para llevar.
A diferencia del chile relleno de temporada, el jalapeño capeado es cocina de todos los días: rápido, barato y contundente. Se sirve como entrada, como guarnición de un plato de arroz, o como el centro de una cena ligera acompañado de frijoles refritos. En las cantinas del puerto de Veracruz es botana obligada con la cerveza, y en las casas es la forma de que hasta los niños se coman un jalapeño: bien desflemado, el picor se vuelve un cosquilleo y el queso manda.
Sírvelos con una michelada bien fría preparada con Zumato (nuestra bebida de tomate y limón con receta mexicana): el capeado graso y el picorcito del jalapeño piden ese trago ácido y salado que limpia el paladar entre bocado y bocado. Si prefieres algo más ligero, un refresco de toronja blanca Chesquitos —pálido y poco amargo— refresca sin taparle el sabor al queso.
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