Un chile poblano asado, relleno de queso Oaxaca que se estira en hilos, envuelto en una nube dorada de huevo batido y bañado en caldillo de jitomate. En Aguascalientes es el plato que sale a la mesa cada viernes de Cuaresma, y su secreto no está en el relleno sino en el capeado: dominarlo separa un chile esponjoso de uno aguado y desinflado.

El chile relleno capeado es cocina de convento y de vigilia, y en Aguascalientes esa herencia pesa. El estado nació alrededor de la fe —la Romería de la Asunción, la Feria Nacional de San Marcos que empezó siendo una fiesta religiosa— y con ella la costumbre de la comida de vigilia: los viernes de Cuaresma y la Semana Santa se comía sin carne. El chile relleno de queso, sin un gramo de carne pero contundente y festivo, se volvió el centro obligado de esas mesas. No es un plato de diario; es el que la abuela prepara cuando toca guardar la vigilia y aun así comer bien.
La geografía ayudó. El valle de Aguascalientes es tierra agrícola de riego, y el chile poblano de piel gruesa y brillante se da bien en la región, igual que el jitomate del caldillo. El queso llegaba fresco de los ranchos lecheros del oriente del estado, y para el relleno se buscaba uno que fundiera y se estirara: por eso el quesillo, el queso Oaxaca, se ganó el lugar frente a los quesos que solo se desmoronan. El resultado es un chile que al partirlo suelta hebra, no un relleno seco.
Con los años el capeado se convirtió en la prueba de fuego de la cocinera aguascalentense. En las cenas de la Feria de San Marcos y en las fondas del centro, un chile relleno bien capeado —hinchado, dorado parejo, que no se deshace en el caldillo— es carta de presentación. Es el tipo de receta que se aprende parada junto a la estufa, mirando cómo se baten las claras a punto de turrón, no leyéndola en un cuaderno.
La fritura pide acidez que la corte. Una Paloma de Chesquitos —con su refresco de toronja blanca, pálido y menos amargo que la toronja rosa— limpia el paladar entre bocado y bocado sin taparle el sabor al queso. Si se sirve en vigilia y sin alcohol, un Chesquitos bien frío o un agua de jamaica cumplen igual de bien.
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