Macarrones con tomate y bechamel gratinados, con queso Oaxaca repartido dentro y encima para que el interior quede cremoso y no solo la superficie.
El error habitual de los macarrones gratinados es poner todo el queso arriba: se forma una costra bonita y por debajo la pasta está seca. Con un queso que funde limpio puedes repartir la mitad dentro de la pasta antes de hornear, y ahí es donde se juega la cremosidad. Un rallado industrial no sirve para eso porque dentro suelta grasa y se apelmaza.
El queso Oaxaca es un queso de pasta hilada: la cuajada se estira en caliente hasta formar fibras, exactamente la misma técnica con la que se hacen la mozzarella, el provolone o la scamorza. Esa estructura es la que da la hebra al fundir, y es una propiedad física del queso, no una cuestión de sabor. Por eso funciona en cualquier plato que pida fundido con hilo.
Donde no funciona es sustituyendo quesos curados de rallar —parmesano, pecorino, grana—, porque esos aportan sal y concentración, no hebra. Para ese papel el equivalente es el queso Cotija. Y tampoco imita a los de corteza lavada tipo raclette o reblochon, que funden cremosos en lugar de en hilo; cuando la idea de esos platos nos interesa, la trasladamos como mezcla declarada, no como sustitución.
Nuestro queso Oaxaca Corazón de Leche se elabora en España, así que llega fresco y sin importación. Si tienes dudas sobre qué queso pedir para cada uso, están resueltas en la guía de quesos que funden.
Porque todo el queso y toda la salsa van arriba. La pasta absorbe líquido en el horno, así que hay que mezclar parte de la bechamel y del queso dentro antes de hornear, no solo cubrir.
Sí, montados y en la nevera hasta un día. Añade un chorro de leche antes de hornear porque la pasta habrá absorbido salsa, y cuenta 10 minutos más.
Las que tienen hueco y estrías —macarrones rayados, plumas— porque retienen la salsa dentro. Las lisas la sueltan y todo acaba en el fondo de la fuente.